© Karl Lagerfeld/Pirelli.El prestigioso teatro “Stanislavsky and Nemirovich-Danchenko” de Moscú -un teatro que, en sus más de 90 años de historia, ha sido escenario de representaciones de óperas y ballets que han pasado a formar parte del patrimonio artístico de Rusia- ha acogido la presentación mundial del esperado calendario Pirelli, un calendario que en 2011 alcanza su 38 edición.

En la edición de 2008 China quedaba inmortalizada por el objetivo de Patrick Demarchelier, Botswana fue fotografiada por Peter Beard en 2009, y Brasil fue el país elegido por Terry Richardson en 2010. Para la edición de “The Cal” 2011, Pirelli ha elegido al genio creador de Karl Lagerfeld.

© Karl Lagerfeld/Pirelli.Lagerfeld ha dado vida a “Mythology” en su estudio parisino, un calendario que es espejo de una de sus pasiones más arraigadas: la pasión por las leyendas y mitos de la mitología grecorromana, y la narración del origen del hombre y del mundo a través de las aventuras de dioses y diosas, héroes y heroínas. En un viaje a través del tiempo, Lagerfeld nos devuelve a las raíces de la civilización clásica, y acerca el calendario Pirelli al Viejo Continente, donde hace ya casi 140 años empezó la actividad de una empresa destinada a convertirse en una multinacional presente en más de 160 países.

En las 36 fotos que componen el calendario de 2011 están representados 24 personajes, entre divinidades, héroes y mitos. El ojo de Lagerfeld nos propone fotos “esculpidas”, tanto desde el punto de vista del rigor estético como por las continuas referencias al arte de la escultura y a sus cánones clásicos. Todas las fotografías son en blanco y negro, una elección que les confiere carácter, subrayando la belleza de los cuerpos gracias al fuerte contraste de tonalidades, otorgando tridimensionalidad a las figuras a través de un exquisito y preciso uso de la luz.

Actrices y modelos encarnan a los nuevos héroes y representan una nueva idea de belleza”, comenta el propio Karl Lagerfeld, proponiéndonos con el Calendario Pirelli 2011 una representación ideal e inmortal de la belleza.

© Karl Lagerfeld/Pirelli.Esta edición cuenta con 21 protagonistas: 15 modelos femeninas, 5 modelos masculinos y la actriz norteamericana Julianne Moore. Entre las protagonistas femeninas cabe destacar a las italianas Bianca Balti y Elisa Sednaoui, la danesa Freja Beha Erichsen, la brasileña Isabeli Fontana (que ya apareció en el Calendario 2005 de Patrick Demarchelier y en el de 2009 de Peter Beard), las polacas Magdalena Frackowiak y Anja Rubik, la australiana Abbey Lee Kershaw (que debutó en el calendario de 2010 de Terry Richardson), la india Lakshmi Menon, las estadounidenses Heidi Mount y Erin Wasson (que debutó en el Calendario 2005 de Patrick Demarchelier), la rusa Natasha Poly, la holandesa Lara Stone y la canadiense Daria Werbowy (elegidas también por Peter Beard para el Calendario 2099), la austriaca Iris Strubegger y la jamaicana Jeneil Williams. Los 5 protagonistas masculinos son los franceses Baptiste Giabiconi y Sébastien Jondeau, los estadounidenses Brad Kroenig y Garrett Neff y el inglés Jake Davis.

Estos son las diosas y dioses del Mythology:

© Karl Lagerfeld/Pirelli.Hera – Representada por Julianne Moore – es la esposa de Zeus, el dios supremo, la reina del Olimpo y del mundo. Posee un poder extraordinario que se manifiesta cuando es violada por el gigante Eurimedonte, con quien concebirá a Prometeo. Al bañarse en las aguas de un manantial situado en las proximidades de Argo (los manantiales son sagrados en Grecia) recupera la virginidad. Cada vez que se baña recupera su virginidad para celebrar por siempre sus esponsales con Zeus, quien la engaña continuamente. Y Hera castiga despiadadamente a las mujeres que posee su marido, no sólo cuando son cómplices del mismo, sino también cuando son víctimas inocentes. Como en el caso de la pobre Ío, a quien el dios persigue y luego viola: Hera la transforma en vaca, destinada a vagar sin paz, atormentada por un molesto tábano. O cuando le quita el don de la palabra a la bellísima ninfa Eco, cuya culpa consiste en haber asistido junto a otras ninfas a un adulterio de Zeus.

Hera detesta a los troyanos debido al odio que siente por Paris, ya que fue el príncipe de Ilio quien eligió a Afrodita en el famoso concurso de belleza. El Hado había decidido que Hermes, el mensajero de los dioses, encargase a Paris que eligiera a la más hermosa de entre las tres bellísimas diosas Hera, Atenea y Afrodita. A Paris le correspondía entregarle la manzana de oro a la más bella y, aún admitiendo que la elección resultaba muy difícil y que las habría premiado a las tres, eligió a Afrodita, la diosa del amor. A partir de ese momento, Hera, al igual que Elena, se convirtió en una despiadada enemiga de los troyanos, interviniendo en la guerra a favor de los griegos, en contra incluso de la voluntad de su marido, Zeus, que no quería que Troya ardiera antes de tiempo.

© Karl Lagerfeld/Pirelli.Zeus -representado por Brad Kroenig– es el “Señor de la luz y del tiempo”, el dios supremo de los griegos. A él obedecen todas las divinidades, y la desobediencia es castigada cruelmente. Baste pensar en la historia de Prometeo, un dios que le había ayudado en la batalla contra los Titanes y que, por haberles dado el fuego a los hombres, fue encadenado por orden de Zeus a una peña en Escitia, donde un ave rapaz le roía el hígado. Zeus manda y salvaguarda el orden en el Panteón. Es él quien le ordena a la ninfa Calipso que deje que Ulises salga hacia Ítaca, abandonándola. Zeus ejerce su dominio con el rayo, testigo de su potencia celestial: dueño del cielo y del fuego, desde las cumbres del Olimpo puede lanzar saetas y fulminar a todo aquél que se rebele contra él. Pero Zeus, como todos los dioses griegos, también está sometido al poder del Hado, una palabra que se empobrece al traducirla como “destino”. El Hado es la dura e inescrutable ley por la que se rige el mundo griego. Zeus tiene el privilegio de conocer el Hado, y por lo tanto el futuro, pero sin poderlo cambiar. Salvo en el caso del oráculo de Dodona, les encomienda este poder a otras divinidades, entre ellas Apolo. Dueño del cielo y por lo tanto de la tierra, le ha dejado a su hermano Poseidón el dominio del mar, mientras que Hades ha sido relegado a reinar en el reino de los muertos. Zeus es famoso por engañar continuamente a su esposa Hera, engaños que a menudo lleva a cabo con medios crueles, desde las insidias durante el sueño, hasta la violación. Entre las numerosas diosas a las que se ha unido, no podemos olvidar como mínimo a Temis, Mnemósine, Demetra, Latona y Perséfone, mientras que, entre las mujeres mortales, cabe recordar a Europa, Leda, Calixto, Ío y Sémele.

Como dios supremo entre los dioses, aparece menos caracterizado que los demás, pero es indudable su identificación con el rayo, el fuego convertido en flecha mortal lanzada desde el cielo.

Pentesilea -representada por Daria Werbowy– es la reina de las Amazonas, un pueblo de mujeres guerreras que vivía en Capadocia, a orillas del río Termodonte. A veces llegaban hasta Escitia, la región que los griegos consideraban como la más extrema y salvaje del mundo, para indicar la naturaleza bárbara de las Amazonas. En su país no se admitía a los hombres, pero una vez al año se unían a ellos con la mera finalidad de continuar la especie. Mataban o mutilaban a los hijos varones, mientras que cuidaban amorosamente de sus hijas, a quienes quemaban el seno derecho para que pudieran manejar mejor el arco. Feroces guerreras, a menudo entraban en conflicto con los pueblos vecinos. Indomables con el arco y salvajes, sin embargo fueron derrotadas por Hércules en uno de sus doce trabajos.

La reina Pentesilea, hija de Ares, divinidad guerrera y cruel, y de Otrera, tomó parte en la guerra de Troya, defendiendo la ciudad asediada. Supo afrontar con valor al gran Aquiles, pero al final cayó a manos de éste.

© Karl Lagerfeld/Pirelli.Aurora -representada por Heidi Mount– es el nombre latino derivado del de la diosa griega Eos, que deriva a su vez de Uscias, la diosa hindú de la aurora. Su nombre significa Esplendor de Oriente, y describe perfectamente su naturaleza. El sol nace por Oriente, y desde allí, desde la aurora, la luz llega al mundo al despertar, al pasar de la noche al día. Es la hermana de Helios, el Sol, y le precede y anuncia en una carroza tirada por caballos que galopan por el cielo. Es la esposa de Astreo, con quien ha engendrado los vientos Bóreas, Céfiro y Noto.

Hermana del Sol, madre de los vientos, portadora de la primera luz al mundo, es por tanto, una de las figuras más radiantes de la mitología griega. Cuando ella aparece, el mundo cobra luz y forma, el hielo de la noche empieza a derretirse, las plantas y el bosque recobran la vida y salen del hechizo de la noche, los animales despiertan, al igual que el mundo poblado por los hombres.

Aurora es benéfica, pero al mismo tiempo es la diosa que arranca a los hombres de la cama y, por lo tanto, de los brazos de las mujeres. Por eso es considerada como una divinidad raptora de hombres, una especie de atracción voluptuosa e incesante, como el misterio que atrae desde siempre al hombre a partir en busca de una luz soñada, hacia su origen, hacia Oriente.

Entre sus amores se encuentra Titono, para quien pidió la inmortalidad a Zeus, pero en su petición olvidó añadir la de la eterna juventud. Así, ella permanecía siempre esplendorosamente joven y él envejecía, hasta que perdió la capacidad de amar. La diosa de los muchos amantes mandó que le encerraran en una estancia del palacio, donde seguirá envejeciendo eternamente.

Apolo -representado por Freja Beha Erichsen– es hermano de Artemisa, comparte con la diosa una naturaleza elevada, noble y luminosa. Como ella, es un arquero infalible, y el tiro con arco no es un mero ejercicio físico, sino una demostración de equilibrio superior entre fuerza, vista y geometría. Alcanza a sus víctimas desde lejos, infalible, silenciosa y fulminantemente, pero con una calma extraordinaria, y la víctima muere dulcemente, sin sufrir. Al igual que Artemisa, le rodea un aura misteriosa y enigmática. Durante un período determinado del año se retira junto a Artemisa al lejano país de los Hiperbóreos, un pueblo sagrado que no conoce ni la enfermedad ni la vejez, para luego volver a su morada en Delfos. Apolo representa lo más elevado que puede concebir el hombre griego, empezando por su belleza exterior e interior, de donde viene el inmortal apelativo de “apolíneo”. El número de templos, estatuas e himnos dedicados a Apolo supera con mucho al de los tributos análogos rendidos a los demás dioses, incluyendo al supremo Zeus.

Apolo posee facultades oraculares y un conocimiento superior del bien y del mal, y por consiguiente es un dios sanador. Oráculo, portador de justicia, sanador, dotado de una belleza y de un ánimo luminosos, se identifica con el Sol, mientras que su hermana Artemisa asume características lunares. Ambos crean el cosmos y la separación armoniosa entre el día y la noche. Se le representa como un joven bellísimo, desnudo o con el busto cubierto por una capa. Sus atributos son el arco de plata y la lira, y a veces lleva una corona de laurel en la cabeza. El ciervo, el lobo y el corzo son sus animales sagrados.

© Karl Lagerfeld/Pirelli.La Ninfa Eco -representada por Abbey Lee Kershaw– existe todavía hoy, su mito es uno de los más poderosos y duraderos del mundo griego. Eco, el eco al que oímos devolvernos nuestras palabras en determinadas situaciones ambientales, ahora no es más que una voz, una voz que responde a la nuestra, depende de nosotros. Pero en tiempos del mito poseía voz propia, y bellísima, es más, su palabra resultaba alegre y elocuente. Y no era menos hermoso su cuerpo. Con su charla entretenía a Hera, que seguía a su marido, que había ido al bosque a reunirse con otras ninfas. Al descubrir el engaño, que Zeus la había obligado a urdir, Hera la castigó. Así, cuando conoció a Narciso, solamente podía responder a su voz. Eco es una ninfa mutilada y desgarradora. Rechazada por Narciso, huye al bosque. No vuelve a unirse a sus amigas, sino que se aísla, esconde su rostro entre la maleza y vive en cuevas desiertas. Pero el amor persiste y crece, agudizado por el dolor del rechazo. Sus preocupaciones insomnes depauperan su pobre cuerpo y la piel se contrae debido a la delgadez, ahora no es más que piel y huesos. La hermosa ninfa que había sido poco tiempo atrás, la mujer, la muchacha, resulta ahora irreconocible. Se esconde en los bosques, no aparece por los montes: de ella no queda más que la voz, que por un instante había detenido a Narciso en su carrera hacia la autoaniquilación. El cuerpo, despreciado, desaparece.

Atenea -representada por Magdalena Frackowiak e Iris Strubegger–  no parece una diosa autóctona griega para muchos estudiosos. Es una divinidad marcada por unos rasgos fuertes y fatales. Nace directamente de la cabeza de su padre, y al nacer ya es adulta y va armada. Se la representa casi siempre con una coraza, protegida por un escudo. Pero el hecho de llevar armas no subraya una naturaleza especialmente fogosa o guerrera, sino que Atenea parece ir armada más bien para protegerse, para poder defenderse de la riada de irracionalidad que domina al mundo. Va armada de sensatez, como parece indicar el hecho de haber nacido de la cabeza de su padre: es la diosa de la inteligencia y la sabiduría, una de las pocas castas y vírgenes del mundo griego. Y en ella la virginidad parece indicar una distancia de las ardientes pasiones, una capacidad para escuchar de forma distante y partícipe a la vez. De hecho, es capaz de proteger, ayudar, sugerir y hacer entrar en razón. Es ella quien aplaca al furioso Aquiles que, ofendido por Agamenón, quería matarle, eliminando así al comandante de la liga griega para la que combate. Atenea le disuade y Aquiles la escucha.

Atenea se revelará como la gran protectora de Ulises en su dificultoso y dramático regreso a Ítaca, sosteniéndole y socorriéndole en los peores momentos. Es la diosa de la inteligencia, pero no sólo de la inteligencia lógica (que a Ulises no le falta), sino sobre todo de la inteligencia del corazón. Por eso siempre está cerca de sus protegidos. Mientras que otra diosa virgen, Artemisa, tiene que defender su virginidad de las insidias de los varones, Atenea no necesita hacerlo: nadie la amenaza, en torno a ella se respira un aire de tranquila y dulce autoridad.

Baco y las Bacantes -representado por Bianca Balti, Garrett Neff, Lakshmi Menon e Isabeli Fontana– es uno de los muchos nombres con que los griegos llamaban al dios Dionisos, es la más compleja e inquietante divinidad del panteón griego. Algunos estudiosos han escrito, con fundados motivos, que Dionisos es la misma Grecia, entendida como cultura, espiritualidad, religión, práctica ritual y arte. Es un joven bello y ambiguo en sus rasgos, a veces vagamente femeninos, pero capaz de repentinos arrebatos de furia. Encontramos a Baco, o mejor dicho a Dionisos, en Tracia hacia el siglo VIII a.C., pero es un dios de origen oriental. Un dios al que se dedican ritos orgiásticos, entre ellos los del nacimiento de la tragedia griega. Dionisos es el dios del secreto mismo de la naturaleza, de la embriaguez, de la euforia y de la metamorfosis. Su símbolo, la vid, no debe llevarnos a imaginarle como el Baco rubicundo, con la botella de vino en la mano, que aparece en tantos simpáticos rótulos en las casas de comidas de Roma. Baco no es el dios de la embriaguez en la mesa, de los atracones y de las borracheras, sino del misterio de la embriaguez derivada del vino. El misterio de la uva que a partir del fruto deviene sustancia embriagadora y el misterio de la mente que el alcohol transporta a un estado diferente de la realidad. Su culto está ligado, pues, a la propiciación de la vida misma: vid, semilla, sexo, Baco transforma y regenera. Dionisos es una divinidad fecundadora, no sólo en el plano sexual, sino también en el espiritual, que en su figura son absolutamente inseparables. Criado por las ninfas, que le amamantan y le cuidan, ve cómo se transforman luego en Ménades o Bacantes, que le persiguen y danzan a su alrededor en un torbellino orgiástico desenfrenado e incesante.

Dionisos es el dios de la metamorfosis: transforma en peces al instante a los pescadores que le han subido a la barca tras recogerle medio dormido por la borrachera, con intención de abusar de él y luego pedir acaso un rescate. Y cuando Ariadna, abandonada y engañada por Teseo, llora en la isla desierta donde la ha dejado, es Baco quien se le aparece y se casa con ella, transformándola en una estrella. El dios de la magia, del milagro, del misterio. Las Bacantes o Ménades, cuyo nombre significa “embargadas por el furor”, participan en el culto orgiástico del dios, entran en un estado de furor estático masticando hojas de hiedra. Al alcanzar el colmo de la exaltación, despedazaban a un cervatillo, símbolo de Baco, para devorar luego su carne cruda y asumir así su potencia vital embriagadora.

Flora -representada por Elisa Sednaoui– al igual que Aurora, la griega Eos de origen hindú, Flora no nace en el Panteón griego. Pero, a diferencia de Eos, que entra de todas formas en el mito griego, Flora es una divinidad itálica, que aparece entre los Latinos, los Oscos y los Samnitas, y entrará en la mitología latina como consecuencia del encuentro, naturalmente mítico, de Enea y dichos pueblos itálicos. Diosa autóctona romana, podría decirse, su naturaleza puede percibirse hoy fácilmente por su nombre, de origen latino y conocido luego en todas partes.

En la actualidad, la flora es el mundo vegetal, y esta diosa representa su fuerza natural, creadora, sencilla y feliz a la enésima potencia. El mundo de las plantas, de los árboles y de las flores, pero no sólo eso: Flora es la divinidad de la naturaleza en su sencilla belleza, en su reproducirse, en su llenar el mundo de perfumada belleza. Generalmente se la representa con la cabeza adornada con flores y como una hermosa mujer envuelta en un manto florido del que caen flores junto a su cuerpo. En Roma tenía dedicados dos templos, uno en el Quirinal y el otro en el Circo Máximo, y las fiestas en su honor exaltaban la vida en su esencia natural y sensual.

Los gemélos Cástor y Pólux -representados por Abbey Lee Kershaw y Freja Beha Erichsen– son los Dioscuros, una palabra que significa “hijos de Dios”. Efectivamente, su padre es Zeus, y los dioscuros le ayudaron en su antigua lucha por el dominio del mundo. Muchas mitologías tienen en sus orígenes figuras de gemelos heroicos, desde el hinduismo hasta el mundo latino, con Rómulo y Remo. Los dioscuros se convirtieron en símbolo de amor y fidelidad fraternales y como tales su imagen de gemelos inseparables es recurrente en las representaciones iconográficas. Eran héroes, habían participado en la famosa expedición de los Argonautas. Cástor era un invencible domador de caballos, Pólux un púgil imbatible. Pero el Hado les ha asignado destinos opuestos: Pólux, como los demás dioses, es inmortal, mientras que Cástor es mortal, de forma parecida a los humanos. Los gemelos raptaron a las dos hijas del sacerdote Leucipo para convertirlas en sus esposas. El rapto de las mujeres no era especialmente escandaloso, pero las muchachas estaban prometidas a otros dos gemelos, Linceo e Idas, quienes el día de la boda protestaron por la afrenta que había sufrido, amenazando con vengarse. Estalló el conflicto entre ambas parejas de gemelos: durante una fase aguda, Linceo (cuya vista lo traspasaba todo) ve a Cástor escondido en la cavidad de un árbol y le traspasa. Pólux, a su vez, mata a los dos gemelos enemigos, pero no halla consuelo tras la muerte de su hermano. Así, le pide a su padre Zeus que le conceda la mortalidad y la muerte para sí, pero el dios no tiene poderes para concedérselas. Entonces le propone una posible solución: un día lo pasará muerto, bajo tierra, con su hermano, y al día siguiente ambos vivirán en el Olimpo entre los dioses, para siempre. Pólux aceptará por amor a su hermano, y así será hasta el fin de los tiempos, un día muertos y un día luminosos y eternos, siempre juntos. Además de testigos heroicos del amor fraternal, son protectores de los navegantes porque, al pasar a esa nueva vida, no renunciaron a proteger a su hermana Elena que viajaba por mar, cabalgando al lado de la nave y luchando contra la furia de las olas.

Narciso y Eco -representados por Elisa Sednaoui y Baptiste Giabiconi–  Por obra de Hera, la bellísima ninfa Eco fue privada del uso de la palabra: no puede hablar, sino sólo repetir las palabras que oye. Ve al joven Narciso que vaga por los bosques, rodeado de un enjambre de ninfas y muchachos que se le ofrecen, pero el joven les rechaza a todos, indiferente. Tiene dieciséis años y un aspecto seductor, pero su excesiva soberbia le impide dejarse seducir. La ninfa le ve mientras persigue a dos ciervos pero, como no tiene voz, no puede llamarle. Al encontrarse solo en su cacería, Narciso decide llamar a sus amigos y grita: “¿Hay alguien?” Entonces la voz de la ninfa puede replicar: “Alguien”. Narciso habla y ella repite, hasta que se encuentran. Ella, llena de amor, intenta abrazarle, pero él la rechaza. Ahora, despreciada, se esconde en el bosque y desaparece. Narciso, cansado, se tumba en la hierba junto a una fresca fuente de limpidísimas aguas. Se acerca a la fuente para apagar su sed, pero cuanto más bebe más sed tiene: el muchacho se siente atraído por la imagen desconocida que ve reflejada, la de su propio rostro. Mira estupefacto una pareja de estrellas, sus ojos, los cabellos, dignos de Baco o de Apolo, el cuello que parece de marfil y su hermosa boca: no es consciente de estar admirándose a sí mismo, se ve por primera vez. Besa innumerables veces, en vano, el agua engañosa, sumerge innumerables veces los brazos para estrechar el cuello vislumbrado e inalcanzable. Indiferente al hambre y a la sed, poco a poco se deja morir frente a aquella imagen que ahora reconoce como la suya propia, inalcanzable.

Superficialmente identificado, aunque no del todo impropiamente, como prototipo del vanidoso y del superficial enamorado de sí mismo, Narciso es más bien la trágica figura de un joven que no sabe crecer, que no sabe ver a los demás, enamorarse, y que no logra salir de su propio caparazón, perdiéndose para siempre.

Aquiles -representado por Jake Davies– es el héroe por antonomasia, la figura que mejor representa la concepción heroica del mundo griego: Aquiles es el invencible guerrero de los Aqueos que zarparon para vengar el honor griego, mancillado por la fuga del troyano Paris con la bellísima Elena, esposa del griego Menelao. De entre todos los guerreros, Aquiles es superior incluso al valeroso Agamenón, jefe de la liga. Su naturaleza es arrolladora como el fuego. Aquiles lucha furiosamente, como si buscara la muerte en combate: morir joven y bello, combatiendo heroicamente, le sustraería a la lenta decadencia de los años, entregando su imagen inmortal al recuerdo, la única realidad en la que un griego puede vivir después de la muerte. Aquiles es un semidiós, hijo de la diosa Tetis y de Peleo, rey de los Mirmidones. Su madre quiso hacerle inmortal, pese a que el padre era humano, y para ello sumergió tres veces el cuerpo del niño en las aguas del río Estigio, sosteniéndole por los talones que, al no haber sido tocados por las aguas sagradas, eran la única parte mortal de su cuerpo. Y precisamente Aquiles será alcanzado en un talón, después de haber matado y despedazado el cuerpo de su enemigo absoluto, el valeroso troyano Héctor. Aquiles era presa de ardientes pasiones. Cuando Agamenón, el jefe supremo, manda raptar a su amada esclava Briseida, Aquiles se retira a su tienda y renuncia a luchar. Pero la muerte de su íntimo amigo Patroclo a manos de Héctor le inducirá a volver al combate. Al final, Héctor y Aquiles se desafían, el héroe griego vence, gracias también a la ayuda de la diosa Atenea, protectora de los Griegos. Aquiles no tendrá piedad y no respetará el cadáver de su enemigo muerto, arrastrándolo con la biga y despedazándolo, violando la ley sagrada del respeto por los muertos. Aquiles acabará su vida joven y victorioso, como probablemente anhelaba: una flecha le alcanzará en el talón, su único punto vulnerable, mortal.

Hestia -representada por Magdalena Frackowiak– es una diosa doméstica, protege el hogar en torno al cual se reúne la familia. Protege el núcleo familiar y también a los huéspedes a los que acoge, los comensales. Divinidad protectora del hogar, de la casa, núcleo primario de la ciudad griega, lugar de los afectos íntimos, del rito de la comida, del agua, del vino que se consume en la mesa mientras los comensales se calientan al calor del fuego.

Por eso tuvo muchos lugares de culto: en Olimpia, Delos, Delfos, los santuarios más importantes de la religión griega, podía verse su imagen, ante la cual ardía un fuego eterno, que mantenía viva la unidad primaria de la casa sobre la que se erigía la sociedad griega. Por esa misma razón, para exportar y trasplantar el espíritu de la comunidad, los griegos que zarpaban para fundar nuevas colonias llevaban a la nueva ciudad que iban a edificar el fuego tomado del altar de Hestia, que al encender e inaugurar los hogares públicos y domésticos de la nueva patria, habría mantenido vivo su espíritu original.

Ajax -representado por Erin Wasson– era hijo de Oileo, uno de los Argonautas, míticos héroes de los albores. Era un famoso arquero, y tan solo Aquiles “pie veloz” era capaz de correr más rápido que él; fortísimo y valiente, pero brutal. Participó junto a los demás héroes griegos en la expedición y en la guerra contra Troya, a la que derrotaron, conquistaron e incendiaron. Arrastrado por su índole bárbara, entró en el templo de la diosa Minerva, donde se había refugiado la sacerdotisa Casandra. Al entrar en el templo infringió su sacralidad y violó en el lugar sagrado a la sacerdotisa, que pidió justicia a los dioses. Y llegó, implacable. Poseidón, el rey de los mares, a quien Casandra había acudido rezándole, hizo que se levantara una furiosa tormenta nada más zarpar Ajax victorioso con su nave para regresar a su patria. La flota fue destruida, los hombres perecieron ahogados y todo su ejército y el botín que habían reunido en la ciudad derrotada acabaron en el fondo del mar. Pero el indómito héroe, apoyado en un orgullo desmesurado, con tremendos esfuerzos logró ponerse a salvo en un gran escollo, y en cuanto se sintió seguro gritó al cielo, con tono soberbio: “¡Voy a salvarme, a pesar de los dioses!” La ofensa superaba todos los límites: Poseidón, que tras haberle destruido la flota de todas formas le había salvado la vida, con un golpe de tridente partió el escollo en dos, y las aguas del mar engulleron al violento y arrogante Ajax

Melpómene -representada por Natasha Poly– “Aprendamos a cantar de las Musas Heliconias que viven en la gran montaña sagrada de Helicona y danzan con pies ligeros alrededor de la fuente azul y el altar del poderosísimo Zeus”. Son versos del poeta griego Esiodo que confirman la naturaleza superior de las Musas, las divinidades más elegidas del mito griego, que representan e inspiran las más altas aspiraciones del hombre griego. Tal como explicamos en otra de estas fichas, las Musas eran hijas de Zeus y de la Memoria, y pese a que todas ellas podían inspirar cualquier arte, cada una tenía una especie de prerrogativa específica, un campo de acción inspiradora privilegiado, que en el caso de Melpómene era la tragedia. Una realidad importantísima, uno de los pilares (junto con la filosofía) del mundo griego. Al igual que la filosofía, la tragedia es una invención de los griegos, que transformaron en espectáculo poderoso y denso de significados religiosos el teatro de los orígenes, que era un hecho ritual, una celebración religiosa. Y así siguió siendo en el resto del mundo durante siglos. En Grecia nace la tragedia y nacerán también los grandes teatros donde los poetas trágicos Esquilo, Sófocles y Eurípides escribirán obras que afrontan el mundo de los orígenes, el nacimiento del cosmos, el sentido de la vida y de la muerte, la tragedia de las pasiones. Melpómene es, pues, la protectora de la tragedia, el gran género poético griego que produjo obras maestras que siguen vivas y se siguen representando todavía hoy, al cabo de dos milenios y medio.

Hades -representado por Jeneil Williams– era un dios poderoso, hermano de Zeus y de Poseidón. En los orígenes de su dinastía, estos últimos se repartieron la tierra y el mar, respectivamente, mientras que a Hades no le quedó más que el reino de los muertos. Hades, a quien más adelante se conocería también como Plutón, sale raramente del oscuro reino del Inframundo y tiene pocas aventuras amorosas, en un mundo de dioses en el que, en cambio, están a la orden del día. La naturaleza de su reino no induce al erotismo: el pantano del Averno reúne a las almas de los difuntos que el barquero Caronte conduce a un reino que está hecho de la nada. A diferencia de lo que sucede en otras culturas de la antigüedad, como Egipto y Mesopotamia, la religión griega no conoce la vida ultraterrena. Con la vida se extingue todo, y las almas vagan por el reino de Hades apagadas, pálidas, inanimadas, opacas. La naturaleza de este reino que no permite ni el renacimiento ni la vida eterna es esencial para comprender el espíritu griego: dado que la única vida es la vida física, histórica, el hombre tiene que llevar sus posibilidades al máximo esplendor. Los griegos construyen el Partenón, Fidias esculpe sus estatuas inmortales, los poetas y los atletas celebran el mundo con sus versos y sus gestas deportivas, para alcanzar la gloria y la eternidad sobreviviendo en la memoria de la posteridad. Terminada la corta vida, sólo el lúgubre reino de Hades, al que Ulises desciende para reunirse con el fantasma de su madre, y se encuentra con el espectro pálido e inconsistente del gran Aquiles.

Orfeo y Eurídice -representados por Freja Beha Erichsen y Abbey Lee Kershaw– son el mito del amor y la poesía por antonomasia. El amor que intenta superar a la muerte, la poesía que, con su poder, puede conseguir vencerla. Orfeo es el más grande de los poetas, canta sus versos acompañándolos con la lira, un instrumento de cuerda (en la antigua Grecia, la poesía siempre se cantaba acompañada de música), y con sus palabras, su voz y su música, literalmente con su poesía, es capaz de conmover a los árboles del bosque, que se arrancan de raíz para seguirle, de hacer llorar a las rocas, de amansar y conmover a las fieras.

Orfeo se casa con su amada Eurídice, pero el mismo día de la boda la bellísima joven muere por una picadura de serpiente. Confiando en el don de la poesía y de su voz, Orfeo se acerca a las puertas del reino del Inframundo, inaccesible para los vivos, y con su canto logra conmover al rudo barquero Caronte, que acepta conducirle por el lago Averno. Y, mientras Orfeo canta, todo el mundo oscuro y tenebroso de las almas de los muertos se detiene encantado. Llega ante Plutón y Perséfone, soberanos del reino de las sombras, que se conmueven con sus versos de amor y le permiten devolver a la luz de los vivos a su amada Eurídice, siempre que, seguido por ella, no se dé la vuelta hasta que hayan salido del mundo de las sombras. Gracias a la poesía, que es música y amor, Orfeo ha obtenido algo que jamás había sido posible para ningún ser vivo. La encuentra y ella le sigue silenciosa, pero, en cuanto el poeta deja de oír el ruido de los pasos de ella, angustiado por el temor a perderla, se da la vuelta y en ese mismo instante la condena a volver entre las sombras. Ella le mira atónita, mansa y ya lejana. Orfeo vuelve a subir tras perder lo que más quería y precisamente cuando estaba a punto de recuperarlo. Ahora cualquier intento de conmover a Caronte ya es inútil. Ha perdido a Eurídice para siempre. A partir de ahora, las notas sólo serán lamentos por la felicidad perdida.

Terpsícore -representada por Anja Rubik– es una de las nueve Musas, la quintaesencia de toda aspiración para el espíritu de los griegos. Fruto de la unión del dios Zeus con la diosa Mnemosina (Memoria), durante un encuentro que duró nueve noches, las nueve Musas eran hijas del dios supremo y de la Memoria, la facultad más importante para los griegos: memoria significa inmortalidad, aquello a lo que aspiran el artista, el poeta, el filósofo y el atleta. Además, la religión griega no cree en la vida más allá de la muerte, y por tanto el único espacio de eternidad que se le concede al hombre reside en la memoria. De esta potente unión nacen pues las diosas inspiradoras de los sentimiento humanos más elevados, los que suscitan al artista y al poeta, embargándole, poseyéndole y llevándole a crear obras inmortales. Según Platón, era imposible que alguien que no recibiera la visita de las Musas creara poesía: imposible, escribe el gran filósofo, convertirse en poeta sólo “por la fuerza del arte”. Lo que es esencial es la visita de las Musas, una especie de locura, que nosotros definiríamos como “inspiración”. Las Musas, todas ellas hermosísimas y dotadas de voz celestial, interactúan en todas las artes y ciencias más nobles, pero, aun siendo cada una de ellas completa, en cierta medida a cada una se la consideró especialmente inspiradora y protectora de un arte: Clío suscitaba especialmente el canto, Euterpe la música de flauta, Talía la comedia, Melpómene la tragedia, Erato la poesía amorosa, Urania la astronomía, Polimnia el canto clásico, Calíope (su reina, según Hesíodo y Horacio) la poesía heroica y elegíaca, y Terpsícore la danza y la lírica coral. Por tanto, Terpsícore es la musa del arte al que da vida el cuerpo, mecido por las armonías sublimes de la poesía recitada por un coro: voces, música y danza.

Anfítrite -representada por Heidi Mount– “Ningún Titán daba todavía luz al mundo, la tierra aún no había hallado el equilibrio que la mantiene suspendida en el aire, ni Anfítrite había extendido los brazos para rodear los largos bordes de la tierra firme”. Encontramos a Anfítrite al principio de las Metamorfosis, el poema en el que el gran poeta latino Ovidio narra el nacimiento del mundo, aquí en los tiempos originales en que dominaba el Caos. Anfítrite es, pues, una diosa que contribuye al nacimiento del mundo como lo conocemos nosotros. Sus brazos rodean el mar, delimitando por tanto el espacio de la tierra. Sin ella no existirían los límites entre el océano y la tierra firme, todo estaría sumergido. Símbolo de la fuerza natural del mar, es una ninfa marina que ciñe la tierra con sus brazos y manda sobre las olas. A menudo se la representa en una carroza en forma de concha que se desliza sobre las olas tirada por delfines y rodeada de divinidades marinas, Tritones o Nereidas. La joven ninfa había sido cortejada por el dios del mar, Poseidón, a quien había rechazado durante mucho tiempo debido a su aspecto feo y deforme. No hay que olvidar que es el dios de las tempestades destructoras, que siembran la muerte y destruyen los barcos. Pero al final se casó con él, gracias a las presiones de un delfín, un animal mágico en la mitología griega.

Al casarse se convirtió en la reina absoluta del mar, y fruto de ese matrimonio nacieron ninfas marinas y un hijo varón, Tritón.

Afrodita -representada por Lara Stone– es la diosa más fascinante de la religión griega. Así lo confirma la elección de Paris, quien le asignó el trofeo de la manzana de oro, desatando así las iras de las rivales derrotadas, Atenea y Hera, que se vengaron luego cruelmente de los troyanos, por ser Paris príncipe de Troya.

Afrodita, nacida de la espuma del mar, venerada por los navegantes como la diosa que hacía que el mar fuera dulce y bello, así como Poseidón era el dios del mar feo, violento, poderoso y agitador. Afrodita extiende también a la tierra su don de la belleza: es la diosa de los prados, de las flores y del amor entendido como inocente e irresistible atracción de los sentidos, así como Hera, la esposa de Zeus, es la diosa del matrimonio. Afrodita, a quien los Latinos llamarán Venus, es sencillamente la diosa del binomio belleza-amor, es ella la divinidad oculta que empuja a hombres y mujeres a enamorarse inmediata y perdidamente, al igual que es ella la que cubre de un dorado velo de sensualidad el mar con las dulces olas y la tierra con las flores. En el mar, su animal sagrado es el delfín, muy amado por los griegos, que salvó al poeta Arión llevándole sobre su lomo. Se la representa sobre un carro tirado por gorriones, palomas y cisnes: el gorrión es el pájaro más humilde y próximo, la paloma es el símbolo de la paz y el amor, el cisne el de la elegancia y la belleza. Su cuerpo está ceñido de rosas y mirto, en su cinto milagroso están tejidos todos sus hechizos, de la palabra que seduce a las miradas, los secretos que hacen irresistible la atracción del amor. El poeta Hesiodo define así sus características más evidentes: “el parloteo de la muchacha, el engaño y la dulce voluptuosidad, el abrazo y la caricia”. Fruto de su encuentro con el héroe troyano Anquises da a luz a Eneas, el héroe de la ciudad quemada y futuro fundador de Roma. Zeus la obliga a casarse con el rudo herrero Vulcano, a quien engaña con Marte, y mantendrá relaciones amorosas con muchos dioses, entre ellos el fatídico, enigmático y cautivador Dionisos (Baco), con quien concebirá a las Gracias, símbolo de la belleza y del don.

Marte -representado por Sebastien Jondeau– Al igual que Flora, Marte es un dios romano, de ascendencia itálica. Entre otras cosas sus nombres, de etimología latina, atestiguan los orígenes romanos de ambos. Marte, dios de la guerra, tiene alguna correspondencia con el griego Ares, pero no es en absoluto una filiación: Ares encarna la brutalidad sanguinaria, la parte más feroz del ser, y Marte es una divinidad nacional de los romanos que representa la defensa de la patria, el mantenimiento del equilibrio. Una suerte de dios guerrero defensivo, símbolo del orden y del rigor que debe mantener el Estado y que implica también actividades bélicas. Resultan indicativos sus animales sagrados: junto con el lobo y el caballo, símbolos de la ferocidad y la guerra (la caballería estaba en lo más alto del ejército), encontramos el toro, el pájaro carpintero y la encina, símbolos en absoluto bélicos. Es más, se trata de tres símbolos de la civilización agreste, que dan fe de los orígenes de esta divinidad, que en tiempos remotos era el dios de los campos y los agricultores, de la vegetación primaveral. Se le invocaba al comenzar el año en las ceremonias ligadas al despertar de la naturaleza, hasta el punto de que el mes de marzo tomó su nombre. Luego se transformó en dios de la guerra, representado con la lanza y los escudos. Probablemente, su transformación indica el desarrollo de Roma, que desde los antiguos tiempos de la agricultura y los reyes míticos pasó, gracias a su continua expansión, a convertirse en un imperio capaz de dominar todo el mundo conocido en la antigüedad.

Artemisa -representada por Daria Werbowy– es considerada a menudo, erróneamente, como la diosa de las selvas, Artemisa no es exactamente una divinidad del espacio salvaje e impenetrable del bosque. Es la diosa de los márgenes, de las lindes: ante todo, la linde entre la casa y el bosque, y todo el mundo no sometido a reglas que se extiende más allá del hábitat humano. Los griegos tenían una férrea división entre el mundo humano y el mundo animal: el viajero Herodoto observó con estupor en su viaje a Egipto que los habitantes de dicho país vivían con animales en casa, perros, gatos y algunas variedades de pájaros. Para los griegos, el mundo de fuera de la ciudad representa el oscuro reino de las fuerzas ciegas e irracionales de la naturaleza, y Artemisa hacía posible la comunicación entre ambos mundos. En resumidas cuentas, Artemisa es una diosa que media entre el hombre y la naturaleza, que en el mundo antiguo no tenía nada de idílico, sino que se manifestaba en toda su potencia: soledad, oscuras selvas, animales peligrosos. No es casualidad que la diosa con el arco tenga una relación privilegiada con la cierva: el cazador y su víctima, el hombre y el animal manso pero salvaje se funden en ella, que representa por tanto la armonía entre ambos mundos. Y a menudo se la representa con leones, a los que evidentemente sabe aplacar y poner en relación con el mundo de los hombres. Artemisa, probablemente de origen oriental, es pues la diosa de la naturaleza en su aspecto solar y sereno, la naturaleza dócil, femenina, la cierva capaz de aplacar al lobo y al león. Hermana gemela de Apolo, comparte con él su naturaleza armoniosa y benéfica y, dado que encarna la pureza de la naturaleza, es una diosa virgen.

Hermes -representado por Anja Rubik– es el dios de las sandalias aladas. Vuela. Los demás dioses aparecen y desaparecen de la nada, cambiando de forma a menudo. Hijo de uno de los muchos amores adúlteros de Zeus, es el incansable mensajero de los dioses, pero su papel no se limita a ese mundo: lleva sus mensajes a los humanos y, tarea más dolorosa, acompaña las almas de los muertos al reino de Hades. Es Hermes quien en la Odisea llega a la cueva marina de la ninfa Calipso y le ordena que deje marchar al exiliado de Ítaca, y luego los dioses deciden que Ulises vuelva a casa. A él se dirige la bella ninfa con la feroz invectiva contra los dioses del Olimpo: “Sentís envidia porque una que es como vosotros puede amar y ser amada por un hombre”. Hermes acompaña a Orfeo al Inframundo y asiste a su desgracia. Volátil y rápido, también es jocoso y alegre y les sugiere a los humanos divertidos embrollos. Es perspicaz y dotado de poderes mágicos, un dios locuaz y de palabra engañosa, que sabe aprovechar las ocasiones propicias, padre de hijos sin haber estado casado jamás, ingenioso desde su primer instante de vida. A las pocas horas de nacer, ve una tortuga, la mata, la vacía y cubre el caparazón con piel de buey, le añade dos brazos y sobre todo ello tiende siete cuerdas hechas de tripa de oveja: acaba de inventar la cítara, el instrumento con el que los poetas entonarán sus canciones.

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