La diseñadora barcelonesa presentaba ayer su receta para combatir la desazón de la crisis, una buena dosis de glamour-chic urbanita que nos traslada directamente a la que ha sido su fuente de inspiración, la Gran Manzana, en su versión más hipnótica y adictiva.
Nada mejor que una temporada en el Chelsea Hotel, un paseo por el Nueva York del underground y las élites intelectuales para contagiar una colección que recurre a as gasas de seda, georgette con un selecto estampado de leopardo y otros materiales nobles; todo un antídoto contra la recesión y un horizonte osucro al que se combate elevando el tono de la paleta, recurriendo a dorados sinuosos y blancos sin concesiones en una propuesta llena de exclusividad y pulcritud en la confección, manteniendo así la marca de la casa de su personal “prêt à couture”.
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